Mediterráneo en estado puro

El domingo estaba destinado a ser un día de recuerdos. La intención era seguir la ruta que ya había hecho decenas de veces durante mi época universitaria. Un día enterito para dedicarlo única y exclusivamente a la mejor ciudad del mundo:

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¡Y cómo no! El día tenía que comenzar de una forma inusual. Salí de casa, fui hasta el metro de Sants Estació y al sacar el billete pensé: ¿Billete sencillo o T-10?. El sencillo costaba 2’00 €, y la T-10 (diez viajes) 9’80 €, menos de un euro por viaje. ¿Pero para qué quiero yo diez viajes si solo voy a usar dos? No pasa nada, dos turistas aparentemente británicas con una maleta cada una me resolvieron la duda. Una T-10 se cruzó entre mis ojos y la máquina expendedora: “Ya nos vamos de Barcelona, puedes quedártela, todavía quedan cuatro viajes”. Cuando les quise dar algo a cambio ya se alejaban diciendo que no hacía falta, que ya se iban. Lo único que pude hacer fue desearles un buen viaje de vuelta.

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Señal típica del metro de Barcelona, con el Teatre del Liceu al fondo.

Me encanta ir en metro, y mejor aún si el tren es de los antiguos, de los que la puerta todavía se abre con una palanca. Tienen su encanto. En la estación Verdaguer tuve que hacer transbordo de la linea azul a la amarilla para llegar al comienzo de mi ruta. Al bajarme en Ciutadella – Villa Olímpica y salir a la calle comencé a sentir la agradable sensación de estar acercándote al mar. Y efectivamente ahí lo encontré, a los pies del Hotel Arts y la Torre Mapfre, junto al pez dorado que da sombra al Casino de Barcelona.

Torres Arts y Mapfre, junto al pez dorado diseñado por Frank Gehry para los Juegos Olímpicos de 1992.
Torres Arts y Mapfre, junto al pez dorado diseñado por Frank Gehry para los JJOO de 1992.

A partir de ahí, andar y andar. La primera parada fue en la Barceloneta, por supuesto repleta de turistas del norte de Europa que estaban rojos como gambas, y al fondo el impresionante edificio del W Barcelona (conocido popularmente como hotel vela). Dado que nunca lo había visto de cerca, modifiqué ligeramente la ruta y llegué hasta la entrada. Me atrevería a decir que se ha convertido en el hotel más lujoso de Barcelona, y sin duda uno de los edificios más bonitos y espectaculares. Justo al lado del hotel hay un mirador desde el que se puede ver, por un lado, el puerto comercial, y por otro, la silueta del litoral barcelonés presidida por las torres ArtsMapfre.

Playa de la Barceloneta, con la escultura L'Estel Ferit de Rebecca Horn a la izquierda y el hotel W Barcelona al fondo.
Platja de la Barceloneta, con la escultura L’Estel Ferit de Rebecca Horn a la izquierda y el hotel W Barcelona al fondo.

La siguiente parada en esta ruta dominical fue en Maremagnum. ¡Qué recuerdos! Allí me pasé ocho meses trabajando en Bershka, hasta que la presión de trabajar todos los fines de semana pudo conmigo. Es el único centro comercial de Barcelona que abre domingos y festivos, y esa marea de gente loca por comprar a todas horas acaba por pasarte factura. Había quedado con Isabel, una de mis mejores amigas de la universidad, con la que caminé por La Rambla hasta Plaça Catalunya. Para ser honesto, prefería ver el panorama de las ramblas años atrás, cuando todavía se podían encontrar mimos o algún artista dando espectáculos entretenidos. Ahora solo hay pakistaníes tratando de vender a los niños aparatos estúpidos que emiten sonidos estridentes al estilo silbato.

El puente de madera que da acceso al centro comercial Maremagnum (derecha) y la estatua de Cristóbal Colón con La Rambla al fondo.
El puente de madera que da acceso al centro comercial Maremagnum (izquierda) y la estatua de Cristóbal Colón donde comienza La Rambla.

Ya de nuevo en solitario, fui directo a la última parada: Montjuïc. No podía irme de Barcelona sin ver de nuevo la Font Màgica, con la música, los chorros de agua y las luces de colores. Algo que una y otra vez hace saltarme las lágrimas de emoción. Es único. Solo de pensar en oír la canción Barcelona cantada por Montserrat Caballé y Freddie Mercury con los chorros de la fuente a tope… ¡se me ponen los pelos de punta!

La Font Màgica de Montjuïc frente al Museu Nacional d'Art de Catalunya.
La Font Màgica frente al Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Allí finalizó la ruta planeada después de haber andado más de diez kilómetros, pero todavía me quedaba volver en metro a Les Corts. Cuatro paradas de línea verde y listos. Solo tenía que hacer una cosa más para que el día terminara igual de bien que había empezado. Al llegar a la estación vi una pareja de mediana edad que iba a sacar un billete de metro, me acerqué a ellos y con mi T-10 en la mano les dije: “Ya me voy de Barcelona, podéis quedárosla, todavía quedan dos viajes”.

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